Jn 14, 21-26 – 15 de Mayo – V Lunes de Pascua

 

 

Jesús dijo a sus discípulos:

«El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.»

Judas -no el Iscariote- le dijo: «Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?»

Jesús le respondió: «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.

Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.»

Palabra del Señor

Comentario

Después de haber santificado el domingo, después de haber hecho del día de descanso un día sagrado, para estar más con nuestras familias y con Dios, empezamos la semana de trabajo, de estudio, de volver a la rutina que también nos santifica en la medida que la orientemos hacia el bien, hacia los demás, hacia el amor. Todo trabajo es santificador si lo ofrecemos a Dios y si por medio de el, contribuimos al bien de este mundo en el que Dios nos regaló vivir.

Este fin de semana durante los sermones de las misas se me ocurrió preguntar y preguntarme, para hilar con la imagen de Jesús como Camino, quién quería ir al cielo. Para mí sorpresa, cuando dije: “Que levante la mano el que quiera ir al cielo”, no fueron muchos los que levantaron la mano. Uno se imagina que en una Iglesia, todos estamos ansiosos de llegar a la meta de nuestra vida, pero no, no siempre es así. Pero me ayudó a pensar porque los niños fueron los que menos levantaron la mano y muchos adultos casi que la levantaron con esfuerzo y no porque hacía frío.  ¿Por qué será esto? ¿Qué entenderemos por el Cielo los católicos? ¿Qué será para nosotros la Vida eterna? ¿Qué es para vos el cielo? ¿Y si es lo que pensás, porqué no nos sale tan fácil tener ganas de ir al cielo? La respuesta creo que es sencilla, y no tanto buscándole lo malo, nuestra falta de fe a veces, sino al contrario, lo bueno. No nos sale tan fácil decir que queremos ir al cielo, porque estamos hechos para la vida, queremos la vida, y lo que viene, por más que nos digan que es lindo, nos genera incertidumbre. Para ir al cielo tenemos que morir, y nadie quiere morir. Lo entendí mejor con algo gracioso que me pasó. Después de dar el sermón, al irme a sentar a mi silla para hacer un silencio, les pregunté a los monaguillos si ellos habían levantado la mano cuando había preguntado quién quería ir al cielo, porque al estar de espaldas no los había visto.

Varios me dijeron que sí, pero uno de ellos bien sincero me dijo que no, y cuando le pregunté por qué, me dijo: ¡Prefiero de más viejito padre! Queremos vivir, nadie quiere morir, nuestro corazón está preparado para amar y ser amados, y esa experiencia la vivimos acá, la palpamos acá, con los nuestros y mucho más un niño que solo piensa en el amor de sus padres, de los que le dieron la vida. Por eso, es verdad que pensar en el cielo, querer ir al cielo, jamás en un cristiano debería ser por un desprecio a la maravilla de esta vida, sino más bien debería ser una consecuencia lógica del amor que vivimos por estos lados, en la tierra, que nos llena de alegría, nos sacia, pero nunca es pleno, nunca es total. Podríamos pensar que hay tres posiciones que podemos tomar ante esta verdad. Una de ellas es que ni siquiera pensemos en el cielo, ni siquiera sea una opción de nuestra vida, porque vivimos creyéndonos saciados y entonces no necesitamos nada más. Otra opción podría ser que pensemos en el cielo por hartazgo de esta vida, por experimentar un sin sentido, o un dolor tan grande que deseamos partir para estar en un lugar mejor. Y la otra que se me ocurre y la que me parece más sana, es la de experimentar de alguna manera el cielo en la tierra por el amor, pero darnos cuenta que no alcanza, es la de pregustar el cielo en el corazón y que eso nos dé ganas de ir verdaderamente al cielo.

Algo de esto nos propone el evangelio de hoy. Jesús nos promete el cielo, ayer nos prometía el cielo mostrándose como el Camino, la Verdad y la Vida. Jesús nos anima a la felicidad eterna, el amor eterno, pero nos propone empezar a vivirlo acá. Nos propone traernos el cielo al corazón, quedarse en nuestro corazón hasta que nos llegue el día de poder gozar de su presencia. «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él» El que ama empieza a vivir el cielo en la tierra, en el corazón, porque el que ama “le hace un lugar” en el corazón al mismísimo Dios, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. ¿Te das cuenta de semejante verdad? ¿Nos damos cuenta de que cuando amamos en realidad estamos siendo lo que debemos ser, estamos abriéndole las puertas al que nos creó para que encuentre un buen lugar? Jesús nos dijo que él nos prepararía un lugar en la casa de su Padre, bueno… nosotros podemos hacer lo mismo con Él. Amar, vivir su mandamiento del amor, es la mejor manera de empezar a vivir el cielo en la tierra y de no tenerle miedo a lo que vendrá y mucho menos a la muerte, es la mejor manera de vivir la vida “con los pies en la tierra pero con los ojos en el cielo”. El que vive así, quiere ir a cielo, levanta la mano cuando se le pregunta, pero no para escapar de esta vida tan linda, o porque no tiene corazón, sino porque sabe que nada de lo amado en su vida se perderá, sino  todo lo contrario, todo cobrará un mayor sentido, todo se renovará y alcanzará su plenitud, eso que todos buscamos. Vos, escuchando todo esto…. ¿Todavía querés ir al cielo? Levante la mano quién quiere ir al cielo.

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