Jn 14, 27-31a – 16 de Mayo – V Martes de Pascua

 

 

Jesús dijo a sus discípulos:

«Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman! Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes.” Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo.

Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean.

Ya no hablaré mucho más con ustedes, porque está por llegar el Príncipe de este mundo: él nada puede hacer contra mí, pero es necesario que el mundo sepa que yo amo al Padre y obro como él me ha ordenado.»

Palabra del Señor

Comentario

Este tema del cielo que venimos rezando y pensando creo que es para no dejarlo pasar. Es demasiado importante como para minimizarlo, o como para darlo por obvio. Por eso me animo a que nos preguntemos cosas en serio, un poco más profundas de lo acostumbrado, preguntarnos un poco más sobre aquello que hemos aprendido en la catequesis de niños y que por una cosa o la otra no seguimos profundizando. Porque con la fe, lamentablemente a veces,  pasa lo contrario de lo que nos pasa con las cosas que nos dan un resultado inmediato y visible. Estudiamos en la primaria, la secundaria, la universidad, postgrados, doctorados y tantas cosas más que nos ofrece este mundo lleno de lindas ofertas,  y sin embargo para la fe, para las verdades de nuestra fe, muchas veces nos hemos quedado en la “primaria”, en los primeros años, en la niñez espiritual, con los lindos cuentitos que nos contaron de niños. ¿Qué entendemos por el Cielo? ¿Por qué hablar hoy del Cielo parece ser una cosa demasiado extraña o ajena a nuestra vida? ¿Qué es el Cielo para nosotros? ¿Sabemos lo que será ir al Cielo o bien, es una especie de caricatura, como la contraria al infierno? En la Misa del otro día, una niña me interrumpió el sermón para preguntarme como será eso de que nuestra alma estará con Dios y que el cuerpo quede por ahí nomás en la tierra. Pregunta interesante para venir de una niña. Por lo menos, por mi parte, y espero que no te escandalices, imaginarme un cielo eterno solo de almas flotando por ahí, me resulta un poco aburrido o raro. Sin embargo es lo que sin querer a veces nos transmitieron o lo que entendimos. Así no dan muchas ganas de ir al cielo. Y no porque pretendo que el Cielo sea un lugar divertido al estilo de este mundo, sino porque sencillamente es difícil imaginarnos sin cuerpo, sin sentidos, sin abrazos, sin gestos, sin nuestros rostros. Lo que enseña la Iglesia, es que sabemos el qué, pero no el cómo. ¿Qué quiere decir eso? Sabemos que al final de los tiempos “habrá un cielo nuevo y una tierra nueva”, pero no sabemos exactamente como será. Nadie volvió para contarnos detalles. Sabemos que momentáneamente, por decirlo a nuestro estilo, estaremos sin cuerpo esperando resucitar, esperando algo muy lindo que pasará cuando Jesús vuelva a triunfar definitivamente, y es que nuestro cuerpo resucitará como el de Jesús, seremos nosotros mismos, nos reconoceremos como los apóstoles reconocieron a Jesús, toda la creación resucitará. Nada de lo creado por el Padre  se perderá, sino que se renovará. Viviremos una nueva y definitiva creación, donde ya no “habrá llanto ni dolor”, donde el amor será todo, será eterno. Algo un poco más agradable que “estar volando por las nubes”.

Algo del evangelio de hoy nos da esa certeza: « “Me voy y volveré a ustedes.” Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo.» Jesús resucitó, está, pero en realidad como nos decía ayer, se fue para prepararnos un lugar, se fue para volver algún día a buscarnos. Esa es también una verdad de nuestra fe, una verdad muy grande. El Cielo será algo tan maravilloso que no podemos imaginar, así lo dice san Pablo: «“…lo que nadie vio ni oyó y ni siquiera pudo pensar, aquello que Dios preparó para los que lo aman.» Por eso hay que confiar, porque es mucho más grande y maravilloso de lo que nuestra pobre cabecita puede entender. Por eso no hay porqué inquietarse, por eso no es raro tener ganas de ir al Cielo, sin dejar de despreciar lo que tenemos en la tierra, y sin dejar de luchar por hacer de este mundo algo mejor. Una cosa no quita la otra.

Amar lo que viene, amar el cielo, es amar la vida, es amar todo lo creado, pero amar esta vida es también reconocer que acá no está lo definitivo, es darse cuenta que acá se juega nuestra vida, pero lo que vendrá será algo inimaginable, será una paz eterna. Mientras tanto, Jesús nos dejó su paz, nos da su paz, nos quiere en paz, pero no como la paz que nos da este mundo que muchas veces vive en “su mundo”, en la suya, esperando soluciones mágicas a los problemas, o soluciones solo materiales; sino la paz buscada, la paz luchada, la paz conquistada por el amor, es la paz “armada”, pero con las armas del amor, de la entrega que nos pone siempre en el campo de batalla de este mundo, para hacerlo mejor, para crecer, para cuidarlo, para amarlo, pero sabiendo siempre que al final, solo podrá ser mejor si todos reconocemos que el mundo no es nuestro, que no somos “dioses”, que el mundo es regalo, que somos criaturas, hechas para Dios Padre, hijos del mismo Padre, creados para la eterna felicidad. Así… ¿No te dan ganas de ir al cielo mientras intentamos encontrarlo en la tierra?

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