Jn 15, 1-8 – 17 de Mayo – V Miércoles de Pascua

 

 

Jesús dijo a sus discípulos:

«Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde.

Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán. La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.»

Palabra del Señor

Comentario

La cuestión de ir al cielo, no es cualquier cosa, no es una cuestión un poco romántica, porque en definitiva si olvidamos eso, en realidad olvidamos lo más transcendental, olvidamos lo más esencial, olvidamos de dónde venimos y hacia dónde vamos. La historia muchas veces es como se dice a veces, un péndulo, y la historia de la Iglesia por supuesto no es ajena a estos posibles vaivenes que se pueden ir dando. Es medio simplista definir así nomás la historia, pero ayuda a entender un poco más.

Alguien me decía la otra vez: “Padre, no será que no hay tantas ganas de ir al cielo porque la Iglesia se quedó en el tiempo, o a que la Iglesia transmitió con temor la fe planteando el  castigo con el infierno y el cielo como un premio” Algo así me dijeron. Y bueno, todo puede ser. Siempre nos hemos equivocado, la transmisión de la fe no es perfecta, está sujeta a la fragilidad de las personas. Al mismo tiempo, es difícil etiquetar la realidad tan fácilmente, o etiquetar la historia con nuestros pensamientos de hoy. Me animo a decir que sí, que el cielo que hemos planteado no es tan atractivo hoy en día. Pero también me animo a decir que hoy ya ni hablamos del cielo. Pasamos de un extremo al otro, el bendito péndulo. Es raro escuchar que estamos hechos para la Vida eterna, es raro escuchar hablar de la santidad, de la meta de todo cristiano. En las últimas décadas casi sin querer, y bajo apariencia de bien, se habla solo de la tierra, de los que tenemos que hacer acá, lo mejor parece que está por estos pagos. Parece ser que la salvación es fruto de nuestro esfuerzo y de construir un reino terrenal. Ni una cosa ni la otra, ni el cielo como premio a nuestro esfuerzo y por miedo al castigo, ni el cielo en la tierra construido por nosotros.

El domingo antes de la bendición final de la misa, después de haber dedicado todo el sermón a tratar de explicar lo que significaba ir al cielo, para quitarme la frustración de haber visto pocas manos levantadas al principio, volví a preguntar: ¿Quién quiere ir al cielo? Para mi alegría, todos levantaron la manos y hasta se escucharon algunos gritos de… ¡Yo! ¡Qué lindo! ¡Qué lindo terminar una misa así, con muchas ganas de ir al cielo!

Estamos hechos para el cielo, porque por nuestras venas corre la sabia de la vid que es Jesús, corre en nuestras venas la sangre de Jesús, que dio su vida por nosotros. “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer.” Esto dice algo del evangelio de hoy. El Padre es el buen viñador, que está siempre queriendo que demos frutos, que nuestra vida aporte algo a la vida del mundo. Es el padre que sabe esperar, pero que al mismo tiempo quiere que demos frutos, exige con amor, porque conoce todo lo que podemos dar. Para Él no somos inservibles, no sos inservible. Somos sarmientos. Somos los sarmientos de la planta, y desde ellos es donde brotan las hojas, los zarcillos y los racimos. Por eso no podemos dar frutos separados se la planta. Cuando estamos separados no servimos para nada, porque en realidad sin Jesús no podemos hacer nada que dé frutos de santidad. Podemos hacer muchas cosas en este mundo, incluso ser muy exitosos, podemos colaborar mucho en la Iglesia, ser reconocidos, ser aplaudidos, ser queridos por muchos, podemos decir que trabajamos para él, pero si sus palabras no permanecen en nosotros, si no amamos como Él ama, de nada sirve.

En el fondo es lo de san Pablo: “…aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada”Lo que nos une vitalmente a Jesús es el amor que él nos da y nos permite amar como Él. La clave es… no es hacer muchas cosas buenas, sino hacerlas como Él las haría, con el amor de Él, solo así daremos frutos de santidad. Todo lo demás, todo lo demás, aunque todos lo reconozcan, queda en la nada, no me sirve para nada. Cuando nos toque partir de este mundo, nos guste o no, tengamos ganas o no, no nos preguntará Jesús cuántas cosas hicimos; cuánto nos aplaudieron; cuánta plata juntamos; cuantos títulos acumulamos; cuánto nos quisieron, cuánto nos amaron, sino cuánto amamos, cómo amamos… Si amamos, si buscamos el bien de los otros, y no primero el nuestro. Solo el que está unido a Jesús, el que permanece con Él puede dar estos frutos tan duraderos. ¿Querés ir al Cielo? Amá. Ese es el camino. ¿Sabés que será el Cielo? Amor eterno. Alegría eterna. ¿No te dan ganas de ir?

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