Jn 15, 12-17 – 19 de Mayo – V Viernes de Pascua

 

 

Jesús dijo a sus discípulos:

«Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.

No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá.

Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros.»

Palabra del Señor

Comentario

Muchas personas durante estos días me dijeron que los audios les ayudaron a  “levantar la mano” con ganas de ir al cielo. Les dieron ganas de ir al cielo. Es lindo ver como la palabra de Dios nos “enciende” el corazón para sentir y hacer cosas que antes no hubiéramos hecho. Para comprender y aceptar verdades que a veces tenemos escondidas, por olvido o porque las hemos archivado. Querer ir al cielo, no importa cuando, debería ser el motor silencioso y escondido de nuestras acciones de cada día, del que desea amar a Dios en todas las cosas. Se va al cielo amando y se llegará allá para seguir amando. “Prefiero el paraíso, preferisco il paradiso” decía San Felipe Neri ante tantas situaciones que le tocaban vivir. Los santos querían ir al cielo, no para que los reconozcan, sino por amor a Jesús. San Felipe decía también algo muy lindo: “¿Oh Señor que eres tan adorable y me has mandado a amarte, por qué me diste tan solo un corazón y este tan pequeño?”  El que ama a Jesús, no le alcanza el corazón y el tiempo para amarlo, por eso quiere ir al cielo, para amar hasta el fin, para dar la vida por su Amigo, como él lo hizo por nosotros. Es una cuestión de amor, tan sencilla y difícil de comprender.

Siempre recuerdo algo que me pasó hace muchos años, cuando recién se despertó en mí el llamado a ser sacerdote, cuando todavía me escapaba un poco de la voluntad de Dios. Una vez fui Misa en la semana y escuché este Evangelio. Como te debe pasar a vos muchas  veces al ir a Misa, después de escuchar el  Evangelio, o por lo menos me pasaba a mí, me acuerdo que me senté entusiasmado a esperar lo que decía el sacerdote en el sermón. Era, para mi pobre comprensión, el evangelio más importante de nuestra fe. Eso me pasaba en esa época, hoy que estoy del otro lado, ya no me pasa tanto, al contrario, pienso que muchos esperan algo grande cuando uno habla y justamente uno no llega nunca a colmar las expectativas. Pero bueno, ese es otro tema. Quería decir que apenas el sacerdote empezó a predicar dijo lo siguiente: “Esto que acabamos de escuchar es una utopía, esto es imposible” Recuerdo que me chocó muchísimo, me acuerdo que no pude seguir escuchando. Me acuerdo que me desilusioné tanto que me pareció que no tenía sentido escuchar. Me dije: ¿Qué está diciendo este hombre? Si esto es imposible… ¿Cómo es posible que Jesús lo haya dicho? ¿Si esto es una utopía que hacemos en la Iglesia? El tiempo, el seminario y el sacerdocio, me ayudaron a no juzgar tanto y a saber esperar e interpretar. Además me enseñaron a no ser tan lapidario con los sacerdotes, obviamente porque hoy estoy del otro lado, y porque en realidad me di cuenta que muchas veces el problema es que no sabemos escuchar. Escuché una parte y seguramente no terminé de escuchar todo el sermón. Muchas veces nos pasa esto. Escuchamos lo que queremos escuchar y no escuchamos lo que nos ayudaría a entender lo que escuchamos al principio. El corazón es sensible y provoca que los oídos se cierren inmediatamente o al contrario, se abran increíblemente. A mí se me cerraron. ¿Te pasó alguna vez eso? Hay que escuchar todo. Te aconsejo esto. Hay que escuchar todo y aprender a sacar lo mejor.

¿Qué creo que quiso decir ese sacerdote ese día? ¿Qué creo que dice algo del evangelio de hoy? Creo que quiso decir lo que Jesús nos dice, pero de otra manera. Ámense porque yo los amo como amigos, aunque ustedes a veces no se comporten como amigos. Ámense porque yo los amé primero. Ámense porque yo les di una dignidad que nadie les puede dar. Ámense, sí es verdad, se los mando, pero se los mando habiendo amado, habiendo dado la vida. Esto es imposible y es una utopía,  si nos lo hubiera mandado alguien que no nos haya amado antes. Esto sería una locura si pensáramos que amar así, puede salir espontáneamente de nuestro corazón. Solo puede amar así quien descubre que hay alguien que siempre lo llamará “amigo”, pase lo que pase. Para Jesús, todos son sus amigos, hasta los enemigos. Por todos dio la vida, incluso hasta por aquellos que lo despreciaron y desprecian. ¿Entendés la diferencia? Para Jesús somos sus amigos aunque no nos comportemos como amigos. Que alguien nos considere enemigo, es problema del otro, no nuestro. El que ama no considera a nadie enemigo. Para Jesús no hay mayor amor que dar la vida por los amigos, o sea por todos. Nosotros daríamos la vida solo por los que nos consideran amigos, por los que queremos como amigos. Amar con el amor de Jesús es “para empezar”, no considerar a nadie como enemigo, porque Jesús no tiene enemigos y los “amigos de mi Amigo son mis amigos o por lo menos nunca enemigos”. ¿Por qué nos empeñamos a veces en hacer bandos si para Jesús todos son amigos? Terminemos con esta linda oración de San Felipe: “¿Oh Señor que eres tan adorable y me has mandado a amarte, por qué me diste tan solo un corazón y este tan pequeño?”  Señor, danos un corazón más grande como el tuyo, un corazón capaz de amar lo que al principio no nos parece amable. Esto es posible, te lo aseguro. No es una utopía. Es cristianismo en serio.

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