Mt 1, 16. 18-21. 24a – 20 de marzo – Solemnidad de San José

 

 

Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo. Este fue el origen de Jesucristo:

María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.

Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.»

Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado.

Palabra del Señor

Comentario

«Si conociéramos el don de Dios y quien es el que nos dice: “Denme de beber” nosotros mismos se lo hubiéramos pedido, y Él nos habría dado agua viva.» Si descubriéramos cada día que “Dios tiene sed de que tengamos sed de Él” buscaríamos en todo y en cada momento saciarnos del amor de Dios, saciarnos con el agua viva que jamás se acaba y que realmente colma nuestra insatisfacción continua en la que a veces vivimos.

Así terminábamos el día de ayer, así resonaban esas palabras de Jesús a la samaritana, a esta mujer privilegiada que tuvo la oportunidad de hablar cara a cara, corazón a corazón con Jesús. Eso que también podemos hacer nosotros en cada sagrario, en cada adoración, en cada silencio, en cada pobre y enfermo, en cada hombre, ahí está Jesús, ahí está Él para saciarnos, para pedirnos de beber, pero en el fondo, queriendo que nosotros le pidamos a Él con deseo verdadero. “Señor, danos de beber. Señor danos de tu amor, danos tu gracia, que eso nos basta, eso nos sacia”. Empezar la semana así nos hace bien, nos hace bien centrarnos otra vez en esta tercera semana de cuaresma en lo que vale la pena, en seguir caminando juntos hacia la Pascua, transitando las dificultades de esta vida, viendo que a veces nos “quejamos” por tener sed, pero al mismo tiempo intentando descubrir el verdadero don que tenemos y a veces no nos damos cuenta.

Hoy es la solemnidad de San José el Esposo de la Virgen María. San José, como esa samaritana, también habló cara a cara, corazón a corazón con Jesús, no lo dice la palabra de Dios, pero ¿tenés alguna duda? Hay muchísimas cosas que la palabra de Dios no dice, pero que no quiere decir que no hayan pasado. No es necesario a veces decir lo obvio.

Qué maravilla debe haber sido la relación entre ellos, Jesús y José. San José siempre aparece obedeciendo, siendo fiel a la palabra de Dios. San José nunca quiso brillar, nunca quiso sobresalir, todo lo contrario, siempre le gusto el silencio y el anonimato. Tanto que no hay palabras suyas en los evangelios, solo acciones, solo gestos, su propia vida. En realidad habló, habló mucho, pero habló con sus acciones, con su vida. ¿Podés creer que una persona sobre la cuál no conocemos palabra salida de su boca sea el santo más grande de todos los santos? ¡Qué increíble, que pedazo de enseñanza! Y nosotros que a veces nos desvivimos por hablar, por hablar, por decir, por escribir, por esto y por lo otro, y sin embargo lo que más ayudará, lo que más transformará, lo que más convencerá será nuestra propia vida. ¿Qué es lo que recordás de las personas que te marcaron en la vida? ¿Palabras o gestos y acciones? Seguro que recordás alguna frase por ahí, algo lindo, pero lo que más te quedó, ¿qué es? ¿Qué crees que va a recordar de vos tu hijo, tu hija, tu alumno, tus amigos? Pensalo. ¿Qué crees que recordarán? Nuestros hijos nos “observan mucho más que escucharnos” Jesús seguro que observó más que escuchar a José. O en realidad podríamos decir que el observar también es una forma de escuchar y cuando lo que se observa condice con lo que se escucha queda grabado a fuego en el corazón. José debe haber hablado muy poco, y seguramente nunca dijo algo que después no confirmó con su vida. A nosotros a veces nos pasa lo contrario, machacamos con palabras lo que después no podemos sostener con nuestra vida y entonces lo que decimos jamás queda en el corazón de los otros. Conviene entonces siempre empezar al revés, vivir y después, si es necesario, hablar. “Predica con tu vida y si es necesario con palabras” decía San Francisco de Asís.

Que maravilla es imaginar a Jesús disfrutando de la presencia de su padre en la tierra. Qué maravilla debe haber sido ver a Jesús aprendiendo no de los “discursos” de José, sino de su obediencia cotidiana a la palabra de Dios. Eso es lo que tenemos que aprender cada día más, en nuestras familias, en nuestros grupos, en nuestras comunidades, en la Iglesia. Dejar de hablar tanto y vivir más el evangelio. Dejar de decir lo que “todo el mundo tiene que hacer” y no hacer nada nosotros por ser santos. Dejar de solucionar todos los problemas del mundo con nuestras palabras, mientras no somos capaces de dar la vida cuando hace falta.

Aprendamos del silencio y de la obediencia de San José. Aprendamos que de nosotros quedará más lo que hicimos que lo que hablamos, que “el amor está más en la obras que en la palabras” como decía San Ignacio. Dios tiene sed de que tengamos sed de Él, lo amemos y amemos a los demás. No tiene sed de que le hablemos mucho, debe estar cansado de tanta palabrería, tiene sed de que lo amemos con nuestra propia vida.

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