Mt 23, 1-12 – 14 de marzo – II Martes de Cuaresma

 

 

Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos:

«Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo.

Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar “mi maestro” por la gente.

En cuanto a ustedes, no se hagan llamar “maestro”, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen “padre”, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco “doctores”, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías.

Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.»

Palabra del Señor

Comentario

La cuaresma, como camino al corazón, nos puede ir llevando de a poquito a encontrarnos con lo más profundo y puro de nosotros, con lo mejor y con lo peor, con eso que nos alegra pero también con lo que no queremos ver, con eso que ocultamos y no podemos reconocer. Con todo. Y eso cuesta, porque es más fácil andar y andar sin frenar, para evitar ver la verdad sobre nosotros, que frenarse y empezar a darnos cuenta lo que nos pasa, porqué nos pasa lo que nos pasa, porqué a veces andamos tirados por el piso, como decíamos ayer. Pero para eso… siempre está la Palabra, que es viva y eficaz, pero al mismo tiempo, más cortante que espada de doble filo, corta y corta mucho cuando nos animamos a escucharla en serio.

Hoy es uno de esos días cortantes, especialmente para los que estamos con alguna responsabilidad dentro de la Iglesia. Algo del evangelio de hoy es un llamado de atención para los que enseñamos la fe, pero también para los que la reciben. La soberbia del alma se mete en cualquier corazón, no conoce fronteras y tenemos que aprender a percibirla, tanto en nuestro corazón, para expulsarla, como en el de los otros para evitar que nos haga mal.

¿Es posible que a veces la soberbia tenga tanta fuerza y a veces vivamos como si fuéramos los únicos en este mundo? ¿Es posible que siendo tan poca cosa nos la creamos tanto? Vos dirás, bueno… no es para tanto. No somos tan soberbios todos. Es bueno que cada uno se deje interpelar por las palabras de Jesús. La soberbia toma mil colores y tonos según la personalidad y la experiencia de vida de cada uno, y justamente el peor mal de la soberbia es que a veces no se ve, solo una luz de afuera puede ayudarnos a iluminar nuestro corazón y hacernos dar cuenta lo centrado en nosotros mismos que estamos y cuánto nos enferma eso. No solo puede ser soberbio el engreído, el que se lleva por delante todo, sino que también puede ser soberbio el apocado y silencioso. La soberbia no es una cuestión externa principalmente, sino del corazón.

Dije que la soberbia toma mil colores, ahora, en el evangelio de hoy, las palabras de Jesús son lapidarias, especialmente con los que tienen una función en el pueblo de Israel, y sin miedo tenemos que trasladarlas al Pueblo de la Iglesia, específicamente a los ministros, a los que deben servir a otros. Cuando la soberbia ataca a los ministros de la Iglesia, obispos, sacerdotes, diáconos, ataca a la cabeza, y si la cabeza es soberbia el Cuerpo se va  enfermando también de este virus a veces muy imperceptible. También pasa en cualquier grupo, en cualquier comunidad. Sé que suena muy duro, pero no hay que tener miedo, especialmente nosotros los sacerdotes, de decir las cosas como son, pero con amor. Cuando la soberbia se entremezcla con un cargo, con una posición eclesial, con una cuestión de poder, se puede transformar en una bomba de tiempo. “Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”  Estas palabras de Jesús,  todos los sacerdotes deberíamos grabarlas en el corazón, vivirlas y no escaparle, y los laicos, deberían repetirlas y decirlas con caridad a quien vean que “pone cargas en los demás que ni el mismo puede llevar”, a quien escuchen que predica una cosa y después hace otra, a quien le gusta ser sacerdote para tener poder, a quien les gusta y disfruta de tener un privilegio, a quien cree ser más importante por ser llamado padre, maestro, doctor o por tener un título y haber estudiado más, a quien somete y manipula a las personas a su cargo, aún sin darse cuenta. El problema no es solo del que manipula con su poder, sino del que se deja manipular. Muchas veces la culpa no es solo del “chancho, sino del que le da de comer”. La soberbia se retroalimenta y no se extirpa del corazón hasta que  Jesús no nos abre los ojos y nos ayuda a darnos cuenta cuánto tiempo hemos perdido por andar enfermos pero sin síntomas.

No vamos a ser creíbles si no somos humildes. Sin verdadera humildad no hay evangelización profunda, no hay testimonio posible, duradero y eficaz. Sencillamente porque el que nos salvó, no se la creyó. Si Él no se la “creyó” ¿Qué nos queda a nosotros?

Rezá por nosotros, recemos por todos los que le toca servir, por aquellos que Dios eligió para ser humildes y a veces no lo son. Todos lo necesitamos.

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